Cuando se duerme en la calle, se compite cada día por algún desperdicio de comida en un contenedor de basura y se sufre el desprecio o la indiferencia de todos los que te rodean, la perspectiva desde la que se observa la vida es cuando menos poco convencional. Pero por lo menos se tienen los pies en el suelo y difícilmente se incurre en frivolidades. Cuando la perspectiva cambia y la pobreza pasa a ser observada desde arriba, por alguien que desconoce por completo su significado o implicaciones, las valoraciones son con frecuencia inadmisibles.
Da hasta miedo comprobar las estupideces que partiendo del simple egocentrismo se consignan al presupuesto de los bienes mayores. Uno de los falsos axiomas más extendidos en nuestra sociedad es que si algo se lleva a cabo en nombre del arte o de los derechos humanos, no debe estar ni siquiera sometido a juicio o crítica. La perversión del dogma radica en que bajo esa túnica con frecuencia se ocultan vergüenzas mucho más terrenales, intenciones no tan claras o simples demostraciones de poder que en realidad en nada benefician a quienes supuestamente deberían.
Treinta y cinco toneladas de pigmentos. Más de un año de trabajo. Veinte millones de euros de presupuesto. Una inauguración por todo lo alto prevista para el día 18 con las máximas autoridades del Estado, mandatarios mundiales de primer nivel, lo más granado del cuerpo diplomático internacional y es de suponer que representantes de todo el empresariado que ha sufragado un 60% del coste de la obra.
El rey Juan Carlos presidirá la ceremonia mediante la cual España hará entrega a la ONU de la instalación artística que
Miquel Barceló ha desarrollado en la sala XX de su sede en Ginebra, Suiza. Para las arcas del Estado, la broma supondrá un desembolso de
8 millones de euros, aunque a eso me temo que habrá que añadir los costes del sarao festivo consiguiente.
De semejante despliegue de medios humanos y económicos, ¿cuánto exactamente corresponde a los pobres, los desheredados, los refugiados, las víctimas de las guerras? La sala "decorada" es la de los Derechos Humanos, pero en toda esta historia sólo veo un profundo desprecio por ellos. La mayoría de medios, habituados a pelotear al pintor de Felanitx hasta la náusea, han aplaudido la iniciativa desde su misma concepción de un modo absolutamente acrítico. No ha sido hasta que se ha destapado que en los cuantiosos costes del nuevo ídolo con estalactitas de titanlux del Gobierno, alguien ha tenido las narices de meter medio millón de euros de los Fondos de Ayuda al Desarrollo (FAD). Por suerte, algún lumbrera se ha apresurado a aclarar que ese dinero no se había computado como una ayuda solidaria, que dado el morro que se gastan nuestros seguros servidores públicos tampoco hubiera sido nada extraño, aunque sí bastante ilegal.
Barceló se ha mostrado tan feliz con su creación que desde el principio ha procurado que se refieran a ella como su "capilla sixtina". En 1508, la iglesia comandada por el papa Julio II encargó a
Miguel Ángel la decoración de parte de la
Capilla Sixtina. Existe un cierto paralelismo entre los dos casos, puesto que en aquella época la iglesia hacía gala de una opulencia insultante con sus fieles, diezmados por el hambre y la miseria. El poder del clero se ha reducido en la actualidad, y sus ocupaciones actuales distan bastante de la creación de magníficos templos y mausoleos llenos de riquezas y obras de arte. Esta función parecen haberla heredado ahora los gobiernos, que malgastan el dinero en grandes ostentaciones mientras muchos de sus ciudadanos sufren grandes penurias para sobrevivir. Otros, no lo consiguen.
De todos modos, la obra de la cúpula de los Derechos Humanos de la ONU de Ginebra tendrá una gran utilidad. Mientras los dirigentes mundiales estén contemplando extasiados -o perplejos, a saber- la obra de Miquel Barceló, no estarán viendo la basura que rezuma por las alcantarillas. Saber mirar para otro lado es maravilloso, ¿no?