martes 1 de diciembre de 2009

Silencios

Cuando llevas tanto tiempo sin decir nada, te planteas si en realidad merece la pena estropear algo tan precioso como el silencio. Decía Xenócrates haberse arrepentido "muchas veces de haber hablado, jamás de haber callado". Probablemente estuviera en lo cierto. Tus palabras te exponen y te convierten en vulnerable ante los demás. El hecho de mostrarte tal como eres, como sientes, hace públicas tus debilidades. Pese a que la necesidad de abrir el pico forme parte de la propia naturaleza, y en algunos casos sea una característica tan natural y propia como el pelo rizado o las pecas, evitarlo te mantiene a salvo.

Antoni Figuera, mi antiguo profesor de Literatura, en una de sus impactantes Huellas de Garza -pequeños poemas libres, afilados como navajas- del libro Ejercios para la Memoria (Ateneo Obrero de Gijón, 1995) escribía:
Si no puedes mejorar el silencio
haz que el silencio te mejore a ti:
cállate de una puta vez.
El caso es que me lo dijo en sus clases, seguramente con otras palabras, en más de una ocasión. Dudo que se tratara de un ejercicio netamente poético. Más bien supongo que trataba de neutralizar un puro incordio que por aquel entonces no era capaz de valorar sus enseñanzas en su justa medida. Ahora pagaría por escucharle. En silencio.

jueves 26 de noviembre de 2009

A dos años del largo adiós

No quiero convertir este blog mudo e inmóvil en una especie de altar. Debería ir pensando en escribir algo pronto con lo que pasar página, algo con lo que cambiar la dinámica tanto de lo que aquí no se escribe como de lo que pasa por mi cabeza como una estampida. El hecho de que este diario tenga más borradores inacabados (y por lo tanto inéditos) dice bastante de lo que me ocurre cuando me siento a escribir. Sé lo que quiero decir, tengo las palabras, la necesidad de desahogarme, el tiempo y las ganas, pero llegado a un punto... nada.

Hoy hace dos años que te marchaste. Parece mucho tiempo. O que me llamaron esta mañana. La muerte siempre llega en mal momento: o no te la esperas, o no la necesitas, o desearías que le hubiera caducado el abono transporte. Pero el caso es que aparece cuando se lo propone, como un funcionario encabronado, sin moscosos ni pausa para el café. Y después, sólo un enorme agujero, un largo adiós. Demasiado tiempo para pensar en todo lo que echas ya en falta.

miércoles 26 de noviembre de 2008

Un año sin Magda

Hoy, Magda, hace un año que te fuiste y todavía no me lo creo. Tenías sólo 38 años. Morir a esa edad es una injusticia. Hacerlo del modo que te tocó a ti es una auténtica putada. Entonces no escribí nada a modo de homenaje o de recuerdo. Ni tenía las palabras para expresar lo que sentía ni contaba con un blog que me sirviera de excusa y de impulso. Ahora tampoco encuentro el modo de decir con cierta lucidez lo que siento, pero me considero en deuda contigo. Quizá también conmigo mismo. Desde esta distancia me pongo a pensar en cosas, la mayoría de veces auténticas chorradas. Como que cuando te conocí tenías justo la edad que tengo yo ahora. Si te hubiera dicho semejante obviedad, seguro que me habrías salido con un "niño, ¡pero tú qué te has fumado!" de los tuyos. Eso sí, entre risas, pensando que no tengo remedio.

En eso tenías toda la razón. Cada vez estoy más seguro. Pero tú, con 28 años, agarraste por banda a un niñato de 17 años que se creía que lo sabía todo. Y en realidad no sabía nada. Y me enseñaste tantas cosas de la vida, y de este oficio de perros que es el periodismo, que ahora sé que aunque la vida no nos hubiera jugado esta mala pasada jamás podría compensarte. Durante los diez años que trabajamos juntos fuiste mucho más que mi compañera y mi jefa . Fuiste una segunda madre para mí, pese a que nunca te lo puse nada fácil. Ahora me arrepiento de muchas cosas. Supongo que es normal en estos casos. Pero no es un consuelo. Siento haberte hecho cabrear tantas veces, haberte puesto en compromisos por mi carácter cerril. Lamento haberme enfadado contigo, aunque eso también forme parte de la amistad. Ahora, por más que lo intento, soy incapaz de recordar por qué narices te grité, cualquiera de las muchas veces que eso ocurrió. Sé que tú también lo hiciste, pero reconozco que me lo ganaba a pulso.

Supongo que lo que más me duele es no poder decirte todas estas cosas. Saber que es simplemente tarde. Ahora no me queda más remedio que echarte de menos, que recordar todos esos buenos momentos que me regalaste. Pero me siento tan solo y tan desamparado. Ahora ya no puedo levantar la cabeza y tener la certeza de que estás ahí para salvarme. Sé que es una postura egoísta, que no debería pensar así. Pero me acostumbraste a ello. Pasara lo que pasara, siempre podía contar contigo. Ya fuera para echarme una mano, o para darme un tirón de orejas. O para ponernos a reír con una simple mirada. Desde que no estás es muy raro el día que no pienso en ti. Siempre encuentro algo que me recuerda alguna de las muchas cosas buenas que viví contigo. Hay otras cosas que simplemente no puedo hacer, como escuchar esta canción:



Es oírla y verte dentro de mi cabeza bailando, con los ojos cerrados, sin que nada importe. Yo ya no puedo hacerlo, pero ahí te la dejo, por si quieres escucharla otra vez. Te quiero mucho mami, no puedes imaginarte cuanto. Te echo mucho de menos porque tú ya volaste lejos.

viernes 21 de noviembre de 2008

Como ser tu propio enemigo

La inteligencia emocional es, según la definición que aparece en la Wikipedia, "un conjunto específico de aptitudes que se hallan implícitas dentro de las capacidades abarcadas por la inteligencia social. Las emociones aportan importantes implicaciones en las relaciones sociales, sin dejar de contribuir a otros aspectos de la vida. Cada individuo tiene la necesidad de establecer prioridades, de mirar positivamente hacia el futuro y reparar los sentimientos negativos antes de que nos hagan caer en la ansiedad y la depresión". Toda esta perorata psicológica que en los últimos años ha pasado a resultarme profundamente familiar viene a decir, de alguna forma, que esa clase de inteligencia nos sirve para ser capaces de sentir y de interpretar sentimientos que nos llegan desde otras personas. Sin ella estamos abocados a un seguro aislamiento de nuestros semejantes y a padecer desazón y crisis depresivas ante nuestra propia incomunicación.

Pues bien, creo que carezco de inteligencia emocional, o en su defecto se me despistó, extravió, o fugó al Brasil en una noche fría y lluviosa de estos últimos cuatro años. Al principio atribuía la falta absoluta de empatía, las dificultades para mostrar mis sentimientos o para comprender los ajenos a un estado de bloqueo farmacológico provocado por los experimentos que llevan siempre a cabo médicos y psiquiatras cuando acude alguien a su consulta con el alma herida. No obstante, si eso fuera cierto, el dolor, la tristeza y el desánimo habrían por lo menos remitido durante este período, ya fuera con el ineficaz tratamiento actual o con cualquiera de los también totalmente inútiles que me administraron con anterioridad.

Ante semejante fracaso, tomé hace algún tiempo la decisión de abandonar la medicación, más que nada porque me sentía muy mermado de fuerzas y facultades, sobre todo a nivel mental. Eso no contribuía para nada a mejorar mi estado de ánimo. Como suele ser normal en mí, lo intenté a lo bestia, dejando de tomar todas las pastillitas de colores de golpe. El resultado no pudo ser más devastador. Nunca me han dado una paliza, pero juraría que esa era la sensación que tenía en el cuerpo. Mi mente, en contra de lo planeado, estaba más confusa y aturdida que nunca. Estaba claro que me había equivocado de sistema. Después de esa espantosa experiencia comprendí dos cosas: la primera era que mi cuerpo había desarrollado dependencia a los antidepresivos y a los estabilizadores del ánimo y la segunda, que debía deshacerme de ellos poco a poco, pese a que habían entrado en mi vida de golpe, sin llamar a la puerta y arrasando con todo lo que habían encontrado a su paso.

Cuando eres tu propio enemigo tienes un problema. Si además no te das cuenta, estás jodido. Salir del pozo no es una tarea sencilla. Está oscuro, te sientes muy solo, hace frío y apenas puedes respirar. Además, ni siquiera tienes la certeza de haber tocado fondo. Tienes los dedos en carne viva de haber intentado encaramarte a las paredes -sin ningún éxito- y todo está húmedo y tremendamente resbaladizo. Aunque alguien trate de ayudarte desde el exterior, para llegar a la superficie necesitas -mucho más que una cuerda- tener un plan y, por una vez, poner tus medios al servicio de tus necesidades. Si no te mueves con una cierta audacia, y dedicas todas tus fuerzas al objetivo de salir, lo más probable es que vuelvas a caerte, esta vez quién sabe con qué consecuencias.

Luchar contra ti mismo es una tarea tan vana como peligrosa. En realidad, sabes que debes enfocar tu lucha contra todo aquello que te envilece, contra las cosas que hacen que tu día a día sea más crudo, más desalentador. Pese a todo, no es sencillo identificar por dónde narices se está desangrando tu alma. No sabes en qué momento los buenos propósitos del nuevo día se tornan viejos fantasmas, aterradores y conocidos. Te quedas sumido en la absoluta indiferencia en el mejor de los casos, o en la más cruel desesperación si no estás de suerte.

jueves 13 de noviembre de 2008

La pobreza, vista desde arriba

Cuando se duerme en la calle, se compite cada día por algún desperdicio de comida en un contenedor de basura y se sufre el desprecio o la indiferencia de todos los que te rodean, la perspectiva desde la que se observa la vida es cuando menos poco convencional. Pero por lo menos se tienen los pies en el suelo y difícilmente se incurre en frivolidades. Cuando la perspectiva cambia y la pobreza pasa a ser observada desde arriba, por alguien que desconoce por completo su significado o implicaciones, las valoraciones son con frecuencia inadmisibles.

Da hasta miedo comprobar las estupideces que partiendo del simple egocentrismo se consignan al presupuesto de los bienes mayores. Uno de los falsos axiomas más extendidos en nuestra sociedad es que si algo se lleva a cabo en nombre del arte o de los derechos humanos, no debe estar ni siquiera sometido a juicio o crítica. La perversión del dogma radica en que bajo esa túnica con frecuencia se ocultan vergüenzas mucho más terrenales, intenciones no tan claras o simples demostraciones de poder que en realidad en nada benefician a quienes supuestamente deberían.

Treinta y cinco toneladas de pigmentos. Más de un año de trabajo. Veinte millones de euros de presupuesto. Una inauguración por todo lo alto prevista para el día 18 con las máximas autoridades del Estado, mandatarios mundiales de primer nivel, lo más granado del cuerpo diplomático internacional y es de suponer que representantes de todo el empresariado que ha sufragado un 60% del coste de la obra. El rey Juan Carlos presidirá la ceremonia mediante la cual España hará entrega a la ONU de la instalación artística que Miquel Barceló ha desarrollado en la sala XX de su sede en Ginebra, Suiza. Para las arcas del Estado, la broma supondrá un desembolso de 8 millones de euros, aunque a eso me temo que habrá que añadir los costes del sarao festivo consiguiente.

De semejante despliegue de medios humanos y económicos, ¿cuánto exactamente corresponde a los pobres, los desheredados, los refugiados, las víctimas de las guerras? La sala "decorada" es la de los Derechos Humanos, pero en toda esta historia sólo veo un profundo desprecio por ellos. La mayoría de medios, habituados a pelotear al pintor de Felanitx hasta la náusea, han aplaudido la iniciativa desde su misma concepción de un modo absolutamente acrítico. No ha sido hasta que se ha destapado que en los cuantiosos costes del nuevo ídolo con estalactitas de titanlux del Gobierno, alguien ha tenido las narices de meter medio millón de euros de los Fondos de Ayuda al Desarrollo (FAD). Por suerte, algún lumbrera se ha apresurado a aclarar que ese dinero no se había computado como una ayuda solidaria, que dado el morro que se gastan nuestros seguros servidores públicos tampoco hubiera sido nada extraño, aunque sí bastante ilegal.

Barceló se ha mostrado tan feliz con su creación que desde el principio ha procurado que se refieran a ella como su "capilla sixtina". En 1508, la iglesia comandada por el papa Julio II encargó a Miguel Ángel la decoración de parte de la Capilla Sixtina. Existe un cierto paralelismo entre los dos casos, puesto que en aquella época la iglesia hacía gala de una opulencia insultante con sus fieles, diezmados por el hambre y la miseria. El poder del clero se ha reducido en la actualidad, y sus ocupaciones actuales distan bastante de la creación de magníficos templos y mausoleos llenos de riquezas y obras de arte. Esta función parecen haberla heredado ahora los gobiernos, que malgastan el dinero en grandes ostentaciones mientras muchos de sus ciudadanos sufren grandes penurias para sobrevivir. Otros, no lo consiguen.

De todos modos, la obra de la cúpula de los Derechos Humanos de la ONU de Ginebra tendrá una gran utilidad. Mientras los dirigentes mundiales estén contemplando extasiados -o perplejos, a saber- la obra de Miquel Barceló, no estarán viendo la basura que rezuma por las alcantarillas. Saber mirar para otro lado es maravilloso, ¿no?

viernes 7 de noviembre de 2008

Puede, pero... ¿va a querer?

Ahora que el mundo entero celebra -o lo aparenta- la elección de Barack Obama como futuro presidente de los Estados Unidos, siento la necesidad, en pleno insomnio, de sacar a relucir la faceta más escéptica de mi personalidad. Como candidato del cambio, Obama ha sabido seducir tanto al electorado norteamericano como a la vieja Europa, cansada de los agravios de George W. Bush. Pese a todo, no es sólo esa la conquista del que será el primer presidente negro que habite la Casa Blanca. Además de a un sector muy importante de la sociedad, el todavía senador por Illinois ha cautivado a las grandes corporaciones, que han regado su campaña con ingentes cantidades de dinero.

Este hecho le ha permitido desarrollar una campaña espectacular, tanto para la elección como candidato demócrata ante Hillary Clinton como después en su pulso con el veterano John McCain. Ambos contrincantes, de hecho, han atravesado serios problemas financieros durante sus respectivas campañas, llegando incluso a tener que aportar fondos propios a las mismas, algo bastante inusual en contiendas de esta magnitud. Obama, en cambio, se ha permitido derroches como el que supone comprar largos espacios publicitarios en horario de máxima audiencia en las principales cadenas, y en ningún momento ha padecido carencias en sus arcas.

Pese a ser una democracia ejemplar -se mantiene desde la independencia del país sin excesivos sobresaltos, en comparación con otros estados americanos o europeos-, Estados Unidos encumbra presidente al que es capaz de pagárselo. Buen ejemplo de ello fue la elección por partida doble de Bush, al que afortunadamente ya sólo le quedan un par de meses para dejar el poder. En su caso, el apoyo financiero de la industria armamentística y de los lobbys petroleros hicieron de su camino a la Casa Blanca un camino de rosas. Y eso, pese a que la mediocridad de Bush como estadista y como gestor está a estas alturas fuera de toda duda.

Pero el de Bush no es el único ejemplo de presidencias deficientes en el país más poderoso del mundo. William Jefferson "Bill" Clinton, considerado por los analistas como el mejor presidente norteamericano de las últimas décadas -aunque compitiendo con Reagan y Bush padre e hijo, no es muy meritorio-, bombardeó en 1998 Sudán y Afganistán para desviar la atención de la opinión pública, que entonces se centraba de forma inquisitorial sobre la bragueta del Commander in Chief por sus andanzas en el despacho Oval con la becaria Lewinsky. Hay quien incluso atribuye a esos bombardeos la pérdida del rastro de Osama Bin Laden, que tantos quebraderos de cabeza provocaría después a los Estados Unidos y al mundo en general.

Obama puede ser a partir del 20 de enero la gran esperanza de un cambio en la forma de hacer las cosas al otro lado del Atlántico, puede suponer un buen precedente para poner freno al racismo que aún impera en su país y en el resto del mundo e incluso podría tener un buen mandato. Pero también tenemos la posibilidad de llevarnos con el hawaiano la mayor decepción política de los últimos años. Antes de poder emitir un juicio, habrá que ver cual es el precio que tiene que pagar a los que le han llevado a la cima, de qué manera piensa resolver la política exterior norteamericana -inexistente en este momento- y si de verdad tiene alguna fórmula mágica para resolver la crisis económica que se ha llevado por delante a medio mundo.

Lo que no hay que olvidar, al menos en mi opinión, es que los juicios relativos no son válidos. Si un presidente es responsable de la muerte de medio millón de civiles, y el que le sucede "sólo" se carga a cien mil, no hemos avanzado nada. Sigue habiendo un criminal a los mandos de la máquina de matar mejor engrasada del mundo. Creo en el cambio, y como yo, millones de personas en el mundo. Pero, ¿va a querer Obama cambiar las cosas? Yo, por ahora, guardaré el cava en la nevera.

lunes 3 de noviembre de 2008

Ahogar el grito

Tagore dijo que "el hombre se adentra en la multitud para ahogar el clamor de su propio silencio". Supongo que en cierto modo, esa es ahora mismo mi situación. Llevo años considerándome un teórico de los blogs, leyendo cientos de páginas de vivencias, opiniones y experiencias ajenas en el más absoluto de los silencios. Muy rara vez he escrito algún comentario pese a ser consciente de que ese es el combustible que impulsa los dedos de todos los escritores anónimos que componen la blogosfera. Debo declararme culpable de un exceso de pasividad, de no saber aprovechar lo suficiente mi tiempo y por eso mismo luego ser incapaz de hacer algo tan sencillo como comentar un post que me haya gustado, impactado o indignado de una forma especial.

Supongo que esas mismas son las causas por las que escribir mi propio blog ha sido un proyecto de los que como muchos otros a lo largo de mi vida han permanecido siempre ahí, pero jamás había llegado a concretarse. Empezar ahora responde a la necesidad de ahogar un grito, de luchar contra mis propios demonios, de tratar de demostrarme que todavía tengo algo que decir. El grito que quiero ahogar es el de "¡se acabó!", la confirmación de que me he rendido, de que no voy a dar un paso más en este camino pedregoso.

Quiero intentar pelear por las cosas que siempre he soñado, pero cada vez soy más consciente de que no podré hacerlo yo solo. Tengo que dar por acabada mi etapa autocrática, puesto que mañana hará cuatro años que empezó y el resultado obtenido es inapelable: ninguno.

Reconocer que has cometido un error es difícil. El ser humano es testarudo, aunque los de Aquarius se empeñen en hacernos creer que es extraordinario. Admitir que te has equivocado en todo es casi imposible, pero alguna por alguna piedra tienes que empezar a limpiar después de que un terremoto haya destruido tu casa. Así pues, declaro inaugurado con estas divagaciones mi primer (por fin) blog en internet. Espero que no sea el último.

Saludos.